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Las heridas invisibles

El Movimiento sigue reforzando su labor en favor de los sobrevivientes de la violencia sexual y de género. Sin embargo, la magnitud del problema es enorme. Las víctimas a menudo ocultan su situación debido al estigma social y al miedo a las represalias o a una nueva agresión. Para poder prestar ayuda, es indispensable que los trabajadores humanitarios estén preparados y sepan detectar los signos, escuchar y adecuar la respuesta a cada contexto.

(Los nombres de las víctimas son ficticios.)

DIANA TIENE 26 AÑOS y tapa con su larga melena negra las cicatrices que le quedaron del día en que fue violada por cuatro hombres que la dejaron agonizando en su pueblo cerca de Medellín (Colombia).

“Trato de olvidar, pero me acuerdo de todo”, dice. “Tenía 13 años; recuerdo que me rasgaron la ropa, me empujaron contra la pared, me cortaron la cara y me golpearon. Recobré el conocimiento seis días más tarde y me dijeron que había sido violada.”

Lo que le sucedió a Diana no es un caso aislado. En situaciones de conflicto e inseguridad son muy comunes las historias horripilantes de personas secuestradas, maltratadas y violadas (a menudo varias veces) por hombres armados.

Estos incidentes tienen un efecto desastroso y duradero en los sobrevivientes y sus comunidades. Tomemos el caso de Lisa, que vivía con sus padres en el campo en Colombia antes de aceptar un trabajo como cocinera fuera de su aldea. Terminó como esclava de hombres armados en un campamento cercano. La violaban y le pegaban asiduamente y quedó embarazada antes de lograr huir a otro pueblo cercano.

Cuando las inundaciones asolaron ese pueblo, fue evacuada en helicóptero. “Ese fue el momento perfecto para dejar mi pueblo e ir a la capital de mi región”, cuenta. La Cruz Roja Colombiana le proporcionó ayuda y la dirección de un centro de mujeres que apoyaba el CICR y a él se dirigió.

Traumatizada y temiendo por su vida, cuenta que no tiene la confianza necesaria para conseguir un trabajo y que le da miedo firmar papeles que podrían revelar su paradero a sus atacantes. “Ni siquiera puedo encontrar un buen trabajo ni salir a la calle como una persona normal”, dice, y añade que probablemente nunca será capaz de regresar a su pueblo natal.


Los que sobreviven al trauma de una violación a menudo deben ocultar lo que les ocurrió por el miedo al estigma o la represalia. En algunas partes del mundo, a las mujeres violadas a veces hasta se las mata porque “deshonran” a la familia. En otros casos, las mujeres que denuncian a sus agresores pueden sufrir represalias. En la fotografía, un velo protege la identidad de una mujer que está declarando en un juicio sobre una violación masiva ocurrida en la República Democrática del Congo. La foto forma parte de una serie que ganó el certamen “Le Visa D’Or” realizado para el reportaje fotográfico humanitario patrocinado por el CICR.
Fotografía: ©Diana Zeyneb Alhindawi

Una crisis humanitaria mundial

Es imposible dar cifras exactas de la violencia sexual durante los conflictos y otras crisis, pero los informes sobre la esclavitud sexual, la violación sistemática y la prostitución forzada se publican cada vez con mayor frecuencia en la prensa mundial y han conseguido que esta cuestión figure entre los temas centrales del orden del día humanitario internacional.

Además de las heridas emocionales, psicológicas y físicas que causa en los sobrevivientes, la violencia sexual tiene graves consecuencias humanitarias en las víctimas, sus familias y, en algunos casos, en toda la comunidad a la que pertenecen. Es un factor que contribuye a la propagación de enfermedades infecciosas y mortales y plantea graves riesgos de salud a los sobrevivientes - sean estos mujeres, hombres, niños o niñas - que a menudo tienen poco o ningún acceso a la atención sanitaria.

La magnitud del problema quedó patente tras el reciente escándalo en el que las tropas francesas de mantenimiento de la paz en la República Centroafricana fueron acusadas de explotar a gente desesperada, pidiéndole sexo a cambio de raciones de alimentos. Cuando los conflictos o los desastres hacen que los alimentos y otros artículos de supervivencia sean muy preciados, los hombres y las mujeres jóvenes son también muy vulnerables a la explotación y los abusos sexuales.
¿De la retórica a la realidad?

Pero, ¿cuál es la mejor manera de realizar una intervención? Por lo general, el Movimiento trabaja en varios frentes: despliega a colaboradores con experiencia en el apoyo psicosocial en las zonas de emergencia para atender a las víctimas de violencia sexual; eleva el nivel básico de conocimientos y competencia de todos los equipos de intervención rápida del Movimiento y colabora con asociados que ya prestan servicios de salud en el terreno. El CICR completa esta labor pidiendo a las partes en el conflicto que respeten mejor las disposiciones del derecho internacional humanitario.

Entre los ejemplos figuran las “casas de escucha” en la República Democrática del Congo, donde se capacita a los asesores locales para que den apoyo psicológico a las víctimas, y los programas de prevención de la violencia en Colombia, donde el CICR se ha asociado con Profamilia, una ONG local que presta servicios médicos, psicológicos y jurídicos a las víctimas de la violencia sexual. En estos dos contextos, la presencia del CICR, que data desde hace mucho tiempo debido al persistente conflicto y la colaboración con organizaciones locales, ha contribuido a que los programas echen raíces.

Del mismo modo, en la República Centroafricana, el CICR capacita y orienta al personal médico local y otros actores comunitarios para que puedan reconocer a las víctimas de la violencia sexual y brindar un apoyo psicológico básico (véase el recuadro).

Al abordar en general la violencia sexual y de género después de los desastres naturales, o como parte de programas comunitarios de prevención, también se plantea la necesidad de aprovechar los conocimientos de otros.

Según un estudio reciente realizado en todo el Movimiento, unas 54 Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja llevan a cabo programas de lucha contra la violencia sexual o de género en situaciones de conflicto o desastre. Muchos de estos proyectos adoptan un enfoque multisectorial en el que las Sociedades Nacionales se asocian con otras organizaciones que prestan asistencia de emergencia especializada y complementaria inmediata. La atención de urgencia, la prevención y la sensibilización suelen ahora formar parte de las actividades comunitarias de atención de salud y prevención de la violencia.

La Cruz Roja Libanesa, por ejemplo, tiene un programa psicosocial, apoyado por la Cruz Roja Danesa, que incluye la protección del niño y la atención a la violencia de género para las personas que huye¬ron de los combates en Siria. La Media Luna Roja Palestina está haciendo un trabajo similar en los campamentos de refugiados palestinos en Líbano y en los territorios ocupados.

“Si podemos reducir aunque sea en unos pocos puntos el porcentaje de personas que recurren a la violencia, la gente se sentirá más segura en nuestra comunidad”, dice Khalend Issa Abou al Omarein, voluntario de la Media Luna Roja Palestina, que ayuda a organizar las sesiones en el campamento de Ain el Helwe, donde el hacinamiento y el desempleo han aumentado los índices de violencia sexual.

Por su parte, la Federación Internacional trata de apoyar los esfuerzos de las Sociedades Nacionales y, entre otras cosas, contrata asesores en cuestiones de género y diversidad en Beirut, Kuala Lumpur y Nairobi, para ayudar a las Sociedades Nacionales a encontrar asociados, formar al personal y los voluntarios y buscar soluciones que se adapten a las situaciones locales.

Varios problemas a la vez

Sin embargo, el problema ahora es saber dar una respuesta oportuna que corresponda a la crisis que está teniendo lugar. La mayoría de las intervenciones del Movimiento son relativamente aisladas y reducidas en comparación con la magnitud del problema y, debido a lo delicado de las cuestiones en juego, lleva tiempo desplegarlas.

La mayoría de las organizaciones humanitarias que trabajan en este campo reconocen que ningún grupo u organización puede hacer frente solo al problema de la violencia sexual, sobre todo en los conflictos de gran escala y complejos que tienen lugar en países tan grandes e inaccesibles como la República Centroafricana, la República Democrática del Congo o Colombia. Esta es una de las razones por las que los programas del CICR que mejores resultados tienen se realizan donde la Institución despliega actividades desde hace mucho tiempo y puede entablar relaciones con asociados de confianza, tanto entre las ONG locales como internacionales, que tienen conocimientos especializados en varias disciplinas.

En los últimos diez años, Médicos Sin Fronteras (MSF) ha acumulado conocimientos importantes y ha elaborado un conjunto de respuestas aplicables desde América Latina hasta el Pacífico Sur.

Sin embargo, Catrin Schulte-Hillen, comadrona de MSF, afirma que, a excepción de la República Democrática del Congo, donde la atención de las víctimas de violación suele formar parte de la respuesta de emergencia, su organización ha podido elaborar respuestas adecuadas solamente después de que el conflicto ha terminado.

“Somos buenos para elaborar programas de largo plazo en los que tenemos personal dedicado y medios suficientes”, asegura. “En cambio fallamos al comienzo de las emergencias y en medio de un conflicto.”

“En el punto más álgido de un conflicto, la gente acude a los dispensarios solamente cuando su vida está en peligro. No se va a arriesgar por algo como la violencia sexual, a menos que esta haya afectado a un niño y esté gravemente herido. No se da cuenta de la importancia que puede tener la atención médica en ese momento.”

Cuando estalla una crisis, dice, las organizaciones humanitarias tienen que atender a una gran cantidad de necesidades urgentes y problemas de logística. A menudo no pueden dar una respuesta rápida a un problema complejo en el que las víctimas no siempre son visibles incluso para los trabajadores de salud y en el que la confidencialidad es primordial.

“Una de las cuestiones más difíciles es identificar y tener acceso a las víctimas que están demasiado asustadas para buscar ayuda debido al estigma y el miedo a las represalias”, señala Schulte-Hillen, y añade que las víctimas de violación por lo general no conocen los servicios de apoyo que hay a disposición o no saben que si reciben tratamiento dentro de las 72 horas pueden reducir el riesgo de contraer el VIH.

“No es una excusa, sino una realidad”, afirma. “Es indispensable tener en cuenta la invisibilidad de las víctimas. Sin embargo, sabemos por experiencia que están allí. Así que si no las vemos es porque no las estamos buscando. Entonces lo que cabe preguntarse es: ¿tenemos los medios?, ¿hacemos todo lo posible por buscarlas?”

Concretar los discursos

El Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja se hace las mismas preguntas y, en los últimos años, se ha comprometido en numerosos foros a dar prioridad en sus respuestas humanitarias a la violencia sexual. Lo difícil ha sido pasar de la retórica a la realidad en el terreno.

En los últimos cuatro años, se han realizado importantes avances y se están prestando nuevos servicios. Pero, como dijo Yves Daccord, director general del CICR, aún existe una distancia entre la voluntad declarada de la organización y su capacidad para responder con eficacia en múltiples contextos. La manera de acortar esa distancia, dice, no es solo “poner algunos especialistas más en el terreno, sino integrar en toda la operación la conciencia del problema.”

Además, dice Coline Rapneau, asesora en materia de violencia sexual en la dirección de actividades operacionales, el CICR se propone combatir la invisibilidad del fenómeno, motivada por el temor de las víctimas a la estigmatización, el rechazo o las represalias. El personal del CICR debe presuponer que la violencia sexual existe en un conflicto y otras situaciones de violencia, haya o no denuncias. El CICR ya no espera que surja una prueba de la violencia sexual para preparar una respuesta.

“Hemos invertido la carga de la prueba para que los miembros del personal del CICR se muestren proactivos, incluso si aún no se conocen las víctimas “, explica Rapneau. “Ese cambio de paradigma, que ocurrió en 2013, también contribuyó a que hiciéramos más para comprender mejor las tendencias y patrones de la violencia sexual y satisfacer las necesidades con más eficacia.”

Si bien en el pasado la intervención del CICR fue relativamente ad hoc, la Institución ahora “aborda la cuestión en forma más sistemática”, dice, y tiene nueve psicólogos clínicos que trabajan en el terreno, número que se triplicó en los tres últimos años. Estos psicólogos están llevando adelante programas para los sobrevivientes de la violencia sexual conjuntamente con las actividades médicas del CICR, ayudan a darle más importancia a la cuestión en cada contexto y están formando a personal local en el terreno.

Un componente esencial

La Federación Internacional, por su parte, también ha reconocido que la violencia sexual y de género forma parte de cualquier crisis y que la capacidad de intervención debe integrarse en todas las operaciones humanitarias, declara Siobhan Foran, asesora en cuestiones de género y diversidad de la Federación Internacional en Ginebra.

Respaldado por documentos normativos fundamentales, el método consiste en integrar la sensibilización sobre el tema y la capacidad de intervención en las operaciones básicas realizadas en emergencias y situaciones posteriores a las crisis.

Esto implica, en parte, contratar más especialistas. Los asesores de la Federación Internacional en cuestiones de género y diversidad contratados recientemente en Beirut, Kuala Lumpur y Nairobi, por ejemplo, se encargan de organizar sesiones de formación y buscar soluciones que se adapten a las situaciones locales. La idea no es solo contar con especialistas, sino capacitar mejor al personal de la Federación Internacional y las Sociedades Nacionales para que sepa hacer frente a esta cuestión tan delicada.

“Estas sesiones de formación y las intervenciones tienen que adaptarse al contexto local”, dice Foran. “Si hay algo que no cuadra con el contexto, los asesores pueden descartarlo y si algo es mucho más importante para determinada región, entonces pueden incluirlo.”

Mientras tanto, los asesores en materia de género y diversidad, tanto de la Federación Internacional como de las Sociedades Nacionales, son un componente cada vez más común de las acciones internacionales de socorro, entre ellas las llevadas a cabo después del tifón Haiyan en Filipinas, del reciente terremoto en Nepal, y en los países que acogen a personas desplazadas procedentes de Siria e Irak. Algunas unidades de intervención de urgencia, como la de Canadá, incluyen ahora habitualmente un delegado psicosocial, dado que la protección del niño y la respuesta a la violencia de género son componentes clave de su cometido.

Una norma mínima

En opinión de Gurvindher Singh, asesor de la Federación Internacional en prevención de la violencia, gran parte del trabajo consiste en preparar a todas las personas en el frente de batalla para que sepan captar los signos de la violencia sexual y puedan intervenir en forma adecuada de acuerdo con los servicios de que se disponga o tengan datos de otras organizaciones que presten servicios complementarios.

“Como mínimo- añade Singh-en cada Sociedad Nacional y en la Federación Internacional la gente debería saber manejar la información sobre la violencia sexual. Porque no queremos empeorar la situación. Deberíamos saber decirles qué opciones hay y dónde pueden encontrar asistencia.”

Pero Foran sostiene que eso es solo una parte de la solución y que es necesario integrar, desde un comienzo, las actividades contra la violencia de género en las operaciones de emergencia de la Federación Internacional. “Esta respuesta debe formar parte de nuestras actividades habituales”, señala.

Eso significa contar en los equipos de evaluación inicial con asesores en materia de género y diversidad o protección, y con trabajadores psicosociales capacitados en violencia sexual en las unidades de intervención de urgencia. “Así como hay especialistas en agua y saneamiento y logística, también debe haber personas encargadas de cuestiones de género y diversidad o protección”, afirma. “Tenemos que hacer una lista de personas del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que puedan desempeñar ese papel.”

Un estigma peligroso

Sin embargo, es más importante la calidad de lo que los trabajadores humanitarios tienen para ofrecer que la cantidad de proyectos o programas. Una intervención, si no se realiza bien, ateniéndose estrictamente al principio de no causar ningún daño, puede tener repercusiones graves y perjudiciales.

En Medio Oriente, donde los conflictos en Siria e Irak han dado pie para redactar numerosos informes sobre la violencia sexual perpetrada contra las mujeres, una respuesta deficiente podría ser peor que no hacer nada.

Con demasiada frecuencia, las víctimas no solo pueden ser estigmatizadas o rechazadas, sino asesinadas para “limpiar” el honor de la familia. “Las mujeres víctimas de violencia sexual corren un gran riesgo al acudir a los servicios de salud, por lo que es muy importante asegurarse de que se toman todas las medidas necesarias, entre ellas la confidencialidad, para protegerlas, de lo contrario podemos estar condenando a esa persona a la muerte”, asegura Rapneau del CICR.

El asunto puede complicarse aún más en algunos países donde las leyes exigen que los servicios de salud informen a las autoridades sobre los casos de violación, hecho que podría disuadir a las víctimas de revelar su situación y que dificulta también la prestación de servicios humanitarios confidenciales.

Según las personas entrevistadas para este artículo, debido a los escrúpulos culturales y a la falta de asociaciones dedicadas al tema de la violencia sexual, la respuesta del Movimiento en los países afectados por los conflictos, como Siria e Iraq, ha sido relativamente limitada. Se prestan servicios de forma discreta en el marco de actividades más generales, como la atención de salud y los primeros auxilios comunitarios que prestan las Sociedades Nacionales y la Federación Internacional en los campamentos o las poblaciones que acogen a refugiados.

Las otras víctimas invisibles

Es necesario tener en cuenta que las mismas dificultades se presentan cuando las víctimas de la violencia sexual son varones, afirma Chris Dolan, director del Proyecto de Ley de Refugiados, un proyecto de divulgación de la comunidad con sede en la Universidad de Makere en Kampala (Uganda).

Según Dolan, el problema es que poco se sabe del fenómeno de la violencia sexual perpetrada por hombres contra hombres. Según la investigación de Dolan, solo el 3% de las organizaciones no gubernamentales que trabajan en el tema de la violencia sexual prestan servicios a las víctimas de sexo masculino a pesar de que los hombres pueden representar hasta un tercio de las víctimas.

“Hemos examinado a los hombres que huían del conflicto en el este de la República Democrática del Congo y uno de cada tres había sufrido algún tipo de violencia sexual en su vida y el 14% de ellos había sido víctima de abuso sexual el año anterior al examen”, declara Dolan.

Dolan señala que, a causa del estigma, se informa muy poco de la violación de hombres y, como consecuencia, muchas víctimas de violencia sexual no reciben la asistencia médica y psicológica que precisan.

“Los asesores tienen que saber detectar mejor los signos de malos tratos”, dice. “Los médicos necesitan una formación en el tratamiento de las lesiones físicas causadas por este tipo de violencia y la comunidad humanitaria tiene que satisfacer las necesidades específicas de vivienda, alimentos, agua y saneamiento que tengan las víctimas.”

Soluciones locales

Una manera de atender a las necesidades específicas de las víctimas y las particularidades de cada contexto es aprovechar las redes existentes en las que la población tiene confianza. “Las soluciones prefabricadas no funcionan”, afirma Singh. “Las contextualizadas son sostenibles y eficaces.”

En el reciente estudio de las actividades relativas a la violencia sexual y de género se recomienda mejorar y reforzar las asociaciones en forma permanente, no solo cuando se producen crisis. Las Sociedades Nacionales, cuyos voluntarios comprenden las culturas locales, podrían efectuar una contribución aún mayor.

Según el estudio, también se requieren más recursos, sobre todo para promover la formación y fortalecer la capacidad del Movimiento. Esto, a su vez, significa que el Movimiento tiene que mejorar su forma de cuantificar el efecto de sus acciones.

Las personas que se beneficiaron de estas intervenciones afirman que es importante aumentarlas. Tomemos por ejemplo la historia de Maffa*, quien a la edad de 11 años fue raptada varias veces por hombres armados cuando se dirigía a la escuela en una zona rural de Colombia. La drogaban y abusaban de ella sexual¬mente en forma sistemática, pero finalmente logró salir de esa pesadilla y encontrar ayuda por medio del CICR, en cuyo marco pudo hablar de lo que le pasó.

“Tomé conciencia de que no fue culpa mía y que no hice nada malo”, explica Maffa. Hablar de su historia le ayudó en su decisión de volver a la escuela, donde le fue bien y se recibió de enfermera. “Ahora como enfermera me encargo de casos en los que las personas también estuvieron involucradas con grupos armados y puedo hablar con ellas sobre sus experiencias.”

Claire Doole
Escritora independiente y productora de vídeos residente en Ginebra (Suiza).


En ciertos conflictos, algunas partes beligerantes consideran a las mujeres “la escoria de la guerra” y sus captores las utilizan como esclavas. Después que un grupo armado en Irak la secuestró y la violó repetidas veces, Ilham logró escapar y llegar a un campamento de refugiados.
Fotografía: ©REUTERS/Asmaa Waguih

 

 

 

 

 

 

 

 

“Las personas que buscan asistencia han sido golpeadas, están confundidas y profundamente afectadas. Las ayudamos lo mejor que podemos a sobreponerse al dolor y al trauma emocional.”
Nina Mjabeti, delegada del CICR en la República Centroafricana que brinda apoyo psicosocial a las víctimas de la violencia sexual

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Muchas organizaciones humanitarias comenzaron a tomar conciencia de las violaciones en masa cometidas en el decenio de 1990, tras el genocidio de Ruanda y la guerra en los Balcanes. Para llamar la atención sobre este asunto, la artista nativa de Kosovo Alketa Xhafa-Mripa colgó vestidos y faldas en el estadio de Pristina, la capital de Kosovo, en 2015.
Fotografía: :©REUTERS/Hazir Reka


 

 

 

 

 

 

 

 

“Somos buenos para elaborar programas de largo plazo en los que tenemos personal dedicado y medios suficientes. En cambio fallamos al comienzo de las emergencias y en medio de un conflicto.”
Catrin Schulte-Hillen, comadrona de Médicos sin Fronteras, comadrona de Médicos sin Fronteras

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La violación también se usa como método de guerra contra los hombres, para aterrorizar y desestabilizar la estructura familiar y comunitaria. La mujer de este hombre lo amenazó con abandonarlo después de que fue violado por hombres armados. Fotografía: ©Will Storr

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobreponerse
al dolor

En la subprefectura de Kaga Bandoro, en la República Centroafricana, las víctimas de la violencia encuentran quien las escuche y las comprenda en los distintos centros de salud en los que profesionales locales y del CICR ofrecen apoyo médico y psicosocial.

“Las personas que buscan asistencia han sido golpeadas, están confundidas y profundamente afectadas “, señala Nina Mjabeti, delegada del CICR que lleva más de cinco años brindando apoyo psicosocial a las víctimas de la violencia. “Las ayudamos lo mejor que podemos a sobreponerse al dolor y al trauma emocional.”

Después de ser atendidas por las comadronas, las víctimas se entrevistan con los asistentes psicosociales, que las incentivan a hablar de su dolor con la esperanza de reducir los síntomas, como las pesadillas, el miedo a salir a la calle y la tendencia a aislarse.

“Muchas de ellas vuelven para expresarnos su satisfacción por la calidad de la ayuda y sobre todo por el respeto de la confidencialidad.”

Los equipos del CICR se han dado cuenta de que muchas de las víctimas de hechos traumáticos, al cabo de aproximadamente seis sesiones, comienzan a recuperar la confianza y su capacidad de superar la situación. Sin embargo, las personas que han sido testigos de asesinatos, han perdido a un ser querido o han sido víctimas de pillaje o violación no sanan rápidamente.

Por ello, es importante proseguir la labor fuera de los dispensarios, en las comunidades donde viven las víctimas. Durante la labor de sensibilización en grupo o a domicilio, el personal o los asociados del CICR hacen notar que los servicios que se prestan son gratuitos y que es fundamental evitar la estigmatización de las víctimas. “Las víctimas de violación tienen que ser atendidas en el centro antes de las 72 horas para que la intervención sea eficaz”, añade Claudia Ricio Ibarra López, delegada psicosocial del CICR en Kaga-Bandoro.

“La comunidad también toma conciencia de que una mujer víctima de violación no tiene ninguna responsabilidad en la desgracia que le ha ocurrido y que este tipo de incidentes son exclusivamente consecuencia de la guerra y de la violencia armada.”

Al mismo tiempo, el CICR mantiene un diálogo con todos los portadores de armas para recordarles la obligación que les incumbe de respetar a la población civil y las normas de la guerra y, en particular, que la violación constituye una grave infracción del derecho internacional humanitario y el derecho internacional de los derechos humanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crear un espacio seguro

A menudo las personas que sufren de abusos sexuales se encuentran en su momento más vulnerable, pues han huido de sus hogares y tienen que vivir en campamentos donde la protección y la vigilancia son mínimas.

En 2011, la Cruz Roja de Kenia se hizo cargo de la coordinación de dos de los campamentos más grandes del complejo de refugiados de Dadaab. En los campamentos en expansión, donde se alojan unas 80.000 personas, en su mayoría procedentes de Somalia y Sudán del Sur, las mujeres y las niñas corren el riesgo de sufrir violencia de género.

La Cruz Roja de Kenia, con el apoyo de la Cruz Roja Canadiense y la Cruz Roja Irlandesa y en colaboración con una serie de organizaciones internacionales como ONU Mujeres, Save the Children e Islamic Relief, puso en marcha una iniciativa de prevención de la violencia.

“Recorrimos todo el campamento y trabajamos con otros refugiados para organizar comités de autoprotección, establecer clubes de lucha contra la violencia dirigidos por hombres y crear espacios seguros para las mujeres”, explica María, una refugiada de Sudán del Sur y voluntaria de la Cruz Roja de Kenia.

Tres años más tarde, un estudio independiente mostró que el número de incidentes de violencia había disminuido en un 77% y, según un informe sobre el proyecto, más del 80% de los que habían intervenido habían cambiado su comportamiento violento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En el próximo número

La migración en el mundo

Desde la Segunda Guerra Mundial, no presenciábamos un desplazamiento de personas en el mundo tan masivo como el que estamos viendo en la actualidad. En el próximo número, abordaremos la acción del Movimiento ante este creciente problema humanitario mundial.

 

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